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DUNKERQUE: “DEFENDEREMOS NUESTRA ISLA SEA CUAL SEA EL COSTO”
Por: Saúl Arellano Montoro
31 de julio de 2017

Para todo aquel estudioso o apasionado de los grandes momentos que se vivieron en la Segunda Guerra Mundial, el acorralamiento y masacre (luego de la rendición de Bélgica) que vivieron las fuerzas combinadas del ejército inglés y libertadores franceses en las costas de Dunkerque, resulta ser un momento clave no solo por el rumbo que tomaron las acciones a partir de ese momento con los ejércitos que serían aliados más adelante en contra de las fuerzas del Eje, sino con el ímpetu y orgullo indomable que mostró el pueblo inglés ante el embate de las fuerzas del ejército Nazi.


Y si bien es cierto que aún faltaban meses para el duro golpe que se avecinaba al ser bombardeada Inglaterra misma al año siguiente, lo que ocurrió en Dunkerque fue, curiosamente, lo que mantuvo en alto la moral inglesa durante el resto de la guerra contra Hitler.


Esto es justamente lo que presenta Christopher Nolan en la película DUNKERQUE; la poesía de los horrores de la guerra pero también del espíritu del ser humano en los peores momentos de su vida. 


Una película que marca un antes y después en su carrera y que se pone al nivel de otras fuera de lo común para convertirse en obras de arte de la guerra como Apocalypse Now (1979) Coppola,  Johnny Got His Gun (1971) Trumbo, Full Metal Jacket (1987) Kubrick o The Deer Hunter (1978) de Cimino.



“LUCHAREMOS EN LAS PLAYAS, LUCHAREMOS EN LOS CAMPOS DE ATERRIZAJE”

Christopher Nolan escribe y dirige con mano de cirujano ese momento importante de la historia de su país. Y como es costumbre en su cinematografía lo hace sin actos heroicos inductivos, sin melodramas ni situaciones a tono para manipular al espectador con lo que está viendo. 


Por un lado, presenta – como dije antes – los horrores de la guerra y sus consecuencias desde la perspectiva de quién vive y sobrevive a ellas; de llevar a grados irracionales - para quienes no están viviendo el momento – la supervivencia a toda cosa sin importar la vida del que está al lado. Una sensación de egoísmo que en tiempos de paz nos parece “políticamente incorrecto” y que se juzga a la ligera siempre. El sentir del muchacho que fue arrancado de su entorno de paz en un hogar donde todo lleva una lógica, un ritual de vida en el día a día para ser llevado a combatir, junto con cientos de muchachos igual a él, contra gente que no conoce ni tiene un conflicto personal pero que si se descuida, lo van a matar. De pronto debe sobrevivir a una guerra a la que fue impulsado – en el mejor de los casos – por un éxtasis patriótico y que al estar ahí, lo único que quiere es sobrevivir para regresar a su país, a su casa. Tal como todos los soldados atrapados en las playas de Dunkerque.


Por el otro lado, Nolan nos va mostrando poco a poco, sin prisas ni abruptas situaciones, la natural compasión y solidaridad del ser humano de ayudar a otro en momentos difíciles. Es decir, la poesía a la humanidad; el impulso de dejar la comodidad de la zona de confort para socorrer al que lo necesita poniendo incluso en riesgo la vida misma. La maestría del director para poder manejar este otro lado de la moneda sin caer en lugares comunes es por el temple que como narrador tiene para evitar secuencias lacrimosamente innecesarias debido a la fuerza de la situación histórica real; que si en 1940 hubiese sido parte de un guión habría sido abucheado; pero al haber sido algo espontaneo - más allá de la petición del gobierno - en la gente de las costas inglesas para ir a rescatar a sus muchachos, resulta imparcialmente narrativo. Que es, desde luego, superior a la ficción.

“LUCHAREMOS CON CRECIENTE CONFIANZA Y FUERZA EN LOS AIRES”

Echando mano a su acostumbrada narrativa no lineal, Nolan establece tres tiempos desde el principio de la película y es importante para entender el desarrollo de los acontecimientos.


Una semana, que describe la historia de lo que sucede en las playas de Dunkerque, Francia, para regresar al puerto de Dover, Inglaterra.  Un día que describe a los cientos de embarcaciones civiles que salieron de diferentes puertos británicos para rescatar a los soldados acorralados en Dunkerque; y por último una hora que cuenta la historia de tres pilotos de la RAF que van a proteger a los barcos de la Armada Real contra los bombardeos de los Stukas y los Heinkel de la poderosa Luftwaffe de Göring que atacaban de forma despiadada a los soldados en retirada. 


Nolan nos va llevando entre estas tres líneas narrativas para coincidir en el mismo punto de tiempo, situación y desde luego acción con una fineza y majestuosidad que evita nos perdamos en las situaciones que vemos en pantalla. Los personajes de atención y el contexto que viven cada una de ellas son claros; no hay distracción ni historias alternas; todo ocurre a su alrededor y poco a poco van ensamblando las historias de cada uno de ellos para unirse y contar LA historia final; el momento del rescate con todos los sacrificios y heroísmos que se dieron para llegar al punto final.


Aunado a la impecable narrativa del director, tenemos la segunda de tres partes que cuentan la historia: La música de Hans Zimmer que actúa como un personaje más en la historia. Desde el principio de la película, Zimmer marca el ritmo que acompaña la narración de Nolan pero desde otra perspectiva: La psicológica.


Personajes, situaciones y tiempos son acompañados – que no manipulados – por notas majestuosas en momentos, sutiles en otros y avasalladoras en resto del tiempo que no dan concesión al espectador. Tres tiempos de un leit motiv que describe en notas musicales los sentimientos más profundos del ser humano en situaciones extremas. Una de las mejores bandas sonoras que se ha escuchado en mucho tiempo y que sin duda, DEBE ser considerada para un Oscar el año entrante.


Y por último, y no menos importante que las anteriores, la imagen. Christopher Nolan es un apasionado de contar historias utilizando la herramienta tecnológica del IMAX. Y en esta ocasión, decidió que toda su película fuese filmada con ese formato.


¿Resultado? 


Ser parte de lo que ocurre en pantalla al integrarnos visual y auditivamente en una experiencia orgánica que solo nos permite el formato IMAX. Tan nos envuelve la imagen que de pronto nos olvidamos de la pantalla y sentimos la humedad de la playa, el terror de los bombardeos, la adrenalina dentro de la cabina del Spitfire tratando de derribar al Messerschmitt delante de nosotros, la desesperación de estar atrapado dentro de un barco que se hunde y los desoladores paisajes de las playas de Dunkerque o el Canal de la Mancha. 


No se trata de verla en IMAX porque se vea “mas bonita” sino porque es parte de la historia, es una herramienta... Mejor dicho; un actor más en la historia que nos cuenta Nolan. Por eso es que se debe ver en este formato o quizá en MacroXD para involucrarse de lleno en la película dado que así fue concebida.



“PELEAREMOS EN LOS CAMPOS Y EN LAS CALLES, PELEAREMOS EN LAS COLINAS Y NUNCA NOS RENDIREMOS”

La sensación que deja esta película es de haber visto una de las mejores del año (aunque falten meses para terminar el 2017) y sin duda, la mejor de Christopher Nolan en toda su carrera aún cuando tiene grandes filmes en su filmografía.


Una película que no necesita la narrativa estadounidense para sentir las múltiples emociones que como ser humano podemos tener. No hay “héroes” ni “villanos” a la Spielberg o Bay; no hay melodramas inductivos, no hay violencia a detalle, no hay situaciones inesperadas para retomar el ritmo de la historia. Por eso es que esta película no gusto tanto en los EEUU acostumbrados a las pirotecnias y a los personajes que solos derrotan a un ejército completo. No hay nada de eso a lo que está acostumbrado el público del cine estadounidense.


Esta es una historia contada por un director inglés, conocedor no solo de su historia sino del “despertar del león viejo” que fue el imperio británico durante la Segunda Guerra. Un director sutil, contundente y extraordinario narrador de historias de la psique humana y que en esta película no hace sino mostrar la guerra en el parámetro más amplio; mostrar imparcialmente lo peor y lo mejor de la especie humana.

 

 
 
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